La ciudad en la que España disputó toda la primera fase de la pasada Euro 2012 cuenta tras de sí con un pasado que sigue estando muy presente en Gdansk. Un pasado marcado por el nombre de Lech Walesa, cuya incesante lucha por los derechos humanos otorgó vida y esperanza a la clase obrera del país polaco. En la actualidad, Gdansk vive los últimos latidos de un año marcada por una Euro 2012 que se disfrutó con alegría y muchas dosis de emoción e ilusión.

El río Vístula otorga una estampa de gran belleza a la ciudad de Gdánsk

Es la sexta ciudad más grande del país polaco con 500.000 habitantes pero su zona portuaria es la más importante del país. La ciudad de Gdansk, situada a orillas de mar báltico, en la región de Pomerania, vivió el pasado verano bajo el influjo de una competición, la Euro 2012, que llegó a inundar todos los rincones de la ciudad, alterando los hábitos de tranquilidad y parsimonia en el que sus habitantes disponían su quehacer diario.

En la actualidad, las calles, los comercios y los habitantes de Gdansk conforman la disposición final de un lugar marcado por una historia plagada de agravios, tristezas, alegrías y esperanzas que le han dado un singular aire de tradición, modestia y modernidad a una ciudad influenciada por un pasado que está, todavía, muy presente.

La importancia histórica del lugar comenzó en el siglo V antes de Cristo, cuando el litoral de Gdansk era una zona estratégica para la extracción del ámbar, muy utilizado por la cultura celta para la fabricación de amuletos y diversos objetos que servían de culto a los dioses.

Situado en un lugar estratégico que favorecía las rutas marítimas comerciales por el Báltico, Gdansk fue siempre un puerto de referencia desde la fundación de la ciudad, allá por el siglo X. Con el paso del tiempo, el lugar fue cambiando su fisonomía y el 10 de junio de 1920, de acuerdo con el Tratado de Versalles, Gdansk pasaba a llamarse Ciudad Libre de Dánzig, poseyendo Polonia privilegios económicos sobre ella. Con la llegada de la Segunda Guerra mundial, la ciudad fue masacrada por los combates y casi el 90% de los edificios fueron derruidos. Con el fin del conflicto, en la Conferencia de Postdam se acordó la cesión definitiva de la ciudad al régimen polaco.

Soldados de las SS combatiendo en el centro de la ciudad de Danzig

Fue precisamente en uno de los años de mayor crueldad bélica de la Segunda Guerra Mundial, en 1943, cuando nacería un hombre que acabaría por cambiar el destino de la ciudad y de los millones de habitantes polacos. Ese año nacía en el pequeño pueblo de Popowo, Lech Walesa. Siendo todavía un niño, Lech Walesa se trasladaría a Gdansk. Allí, con apenas veinticinco años, comenzó a trabajar en los astilleros de la ciudad como técnico electricista y fue entonces cuando inició su incesante lucha en favor de los derechos de los trabajadores, participando activamente en la trágica huelga de los astilleros de Gdansk, la cual tuvo lugar en 1970 y que acabó con un cruento final en el que más de ochenta trabajadores perdieron la vida en sus disputas con la policía. Desde aquel suceso, Lech Walesa recrudeció su lucha y en el famoso astillero Lenin fundó, en 1980, Solidaridad (Solidarnos), el primer sindicato libre e independiente del bloque comunista. Lech Walesa se convirtió entonces en la bandera de la libertad para la clase trabajadora y su voz llegó a todos los rincones del país, convocando una huelga espontánea que obligó al gobierno a legalizar el sindicato. Posteriormente llegaría a ser Presidente de Polonia entre 1990 y 1995 y recibiría el Premio Nóbel de la Paz por su lucha constante y diaria, durante décadas, en favor de los derechos humanos.

Lech Walesa en los astilleros de la ciudad

Con las huellas del pasado todavía retumbando en cada rincón de la ciudad y con la figura de Lech Walesa como perpetuo recuerdo inquebrantable ante el paso del tiempo, Gdansk vive en la actualidad un nuevo episodio dentro de su historia. No es tiempo de guerras, armas, levantamientos y protestas. Ahora es el deporte el que quiere escribir una de las páginas más brillantes de la ciudad y la Eurocopa de 2012 ha ayudado mucho en intensificar ese escenario ideal de concordia y fraternidad.

Sea como fuere, la ciudad ya está preparada para hacerlo y sus habitantes, conscientes de la historia que albergan en su pasado, se sienten responsables de vivir todo acontecimiento con intensidad y alegría. Y sobre todo de disfrutar, disfrutar de una experiencia inolvidable que se empezó a forjar hace más de cincuenta años, a muy pocos kilómetros del estadio Arena Gdansk, en la zona de los astilleros. Allí donde un hombre como Lech Walesa comenzó a hacer posible el sueño en el que, desde el pasado mes de junio, vive envuelto todo el país. El sueño de haber sido, al menos durante unas semanas, el epicentro en el que se albergaron las mayores ilusiones y emociones de todo el continente. El gran sueño de la Eurocopa 2012.

Fabián Bouzas

Twitter: @fabianbouzas

Con cuatro estrellas de campeones del mundo en el pecho, con la grandeza de una historia gloriosa y una camiseta con una importancia vital dentro del balompié, hablar de la selección italiana es hablar de la idiosincrasia de una forma de ver el fútbol y la vida.

Gianluigi Buffon, la viva imagen del fútbol italiano actual.

España y la selección viven, en la actualidad, en la deliciosa incertidumbre de tratar de conseguir, de forma consecutiva, enlazar seis años enteros de triunfos con la conquista del próximo Mundial de Brasil 2014. Con una perfecta simbiosis entre el éxito y una filosofía de juego perfectamente definida que hacen sentirse identificados a los aficionados españoles, en España no es importante únicamente conseguir la victoria, sino el cómo hacerlo. La forma de lograrlo puede llegar a ser más importante que el propio logro en cuestión.

En la gran final de la pasada Euro 2012 de Polonia y Ucrania, la selección de Vicente Del Bosque se impuso a Italia en el Olímpico de Kiev, doblegando a un equipo en el que cuatro estrellas de campeones del mundo adornan la camiseta de una nación cuya trascendencia en el fútbol es vital para llegar a entender las dimensiones actuales del fútbol. España e Italia; dos países que conciben de manera muy distinta su forma de ver el fútbol, así como la importancia que otorgan a su concepción del juego ante el triunfo final.

Bien sea por cuestiones tradicionales o culturales arraigadas a cada uno de los dos países o por los valores morales de las formas de vida de sus habitantes, España e Italia son la antítesis futbolística. Mientras que en el país español no se concibe la victoria si no es con el estilo de juego vistoso, combinativo y alegre; en Italia, desde el principio de los tiempos, la forma de jugar ha sido siempre la menor de las preocupaciones de una mentalidad y un estilo que solamente buscaba, busca y buscará un único cometido, alcanzar la victoria.

Con el éxito apegado a su historia desde la celebración de las primeras copas del mundo, la selección italiana fue el primer equipo nacional en conquistar dos mundiales (1934 y 1938) posicionándose en la élite del fútbol desde la celebración de las primeras fases finales. Lejos de encontrar un estilo de juego y una forma reconocible de jugar, Italia ya saboreaba el éxito a nivel de selecciones. En una época todavía marcada por el durísimo conflicto bélico que había azotado al mundo unos años antes se forjó, a finales de la década de los 40, el primer gran equipo italiano de la historia, el Torino AC. El Torino era un equipo que había hecho disfrutar a la gente como nunca lo había conseguido nadie en el país transalpino, llegando a conseguir cinco Scudettos en la década de los 40 y embelesando a los seguidores con un estilo de juego que aportaba una nueva dimensión al deporte del fútbol.

El histórico Torino AC posando para la foto en la previa de un encuentro.

Sin embargo, en mayo de 1949 después de un viaje a Lisboa para disputar un encuentro amistoso ante el Benfica, el avión que llevaba de vuelta a casa a la expedición del Torino se estrellaba, debido a la intensa niebla existente, contra la basílica de la localidad de Superga, en las afueras de Turín. Todos los miembros de aquel mítico equipo que había deslumbrado al país y que constituían la base del equipo nacional italiano de entonces, fallecían en el acto.

A causa de tan trágico desenlace y por la imposibilidad de encontrar futbolistas de corte similar a los de ese gran Torino AC, la selección italiana se vio obligada a reestructurarse y a buscar un perfil de jugadores muy distintos para afrontar los siguientes campeonatos del mundo. Se comenzaron a buscar a futbolistas de perfil defensivo, férreos, disciplinados y físicamente muy fuertes. Fue entonces cuando comenzó una nueva etapa en el fútbol italiano, una etapa dominada por el Inter de Milán de Helenio Herrera, donde se consagró un estilo de juego que acabaría por formar parte del adn del fútbol italiano, el catenaccio.

Un estilo que ha predominado sobre generaciones brillantes de futbolistas, todos ellos puestos al servicio de una forma de juego cuyo único fin ha sido siempre la victoria y donde la estética, el virtuosismo y la belleza ocupan lugares secundarios e intrascendentes ante el triunfo final. Desde entonces, la selección italiana ha conseguido dos mundiales más; el de 1982 en España y el de Alemania en 2006, amén de la única Eurocopa de naciones que ostenta el país transalpino, la de 1968.

En pleno año 2012 y en un contexto marcado por la exitosa etapa de la selección española, Italia  y su equipo nacional no vive, precisamente, el mejor momento de su historia. Ante ello, los internacionales transalpinos ya han avisado que no les importará regresar a sus orígenes, anteponer el resultado final ante todo lo demás e intentar rearmar un equipo campeón a base de trabajo, sacrificio y disciplina.

Fabián Bouzas

Twitter: @fabianbouzas

Un espíritu perpetuado en el tiempo

Publicado: octubre 17, 2012 en Uncategorized

Con una rica historia y tradición futbolística, la selección francesa ha convivido con  singulares circunstancias que han marcado el devenir del conjunto nacional. La diversidad de culturas de los miembros del equipo nacional es una de ellas. La conquista del Mundial en 1998 supuso acabar, para siempre, con  una vieja obsesión nacional.

Once inicial de la selección francesa en un encuentro de la fase de grupos del Mundial 1998.

Existe esa perpetua sensación de que siempre habrá un punto y aparte para el fútbol español después de lo ocurrido la noche del 11 de julio de 2010, en la que el tiempo pareció detenerse en el minuto 116 del Soccer City de Johannesburgo. Como en la capital sudafricana, doce años antes, en Francia, en Saint Denis, un reloj se paró, pero esta vez para marcar el desenlace de una historia con final feliz que durante muchos años trascendió del aspecto deportivo. La historia de la selección  francesa está repleta de curiosidades, encuentros, anécdotas y nombres de jugadores que lucharon bajo una misma camiseta por conseguir que sus compatriotas pudiesen saborear la más grande alegría deportiva de sus vidas.

Desde principios del siglo XX, Francia siempre se ha mostrado como una de las selecciones más competitivas del mundo, presente en las primeras ediciones de Eurocopas y Mundiales y comenzando así  a forjar su leyenda en torno al color bleu de su camiseta. Los nombres de Raymond Kopa, Just Fontaine, Michel Platini o Zinedine Zidane forman parte ya del idioma universal del fútbol, nombres que han engrandecido el deporte, cada uno en su época, en su momento, en su contexto pero siendo capaces de engatusar la mirada de millones de personas cuando un balón rondaba por sus pies.

Raymond Kopa en un encuentro con el Hamburgo.

Paralelamente a sus triunfos, empates o derrotas y a la historia que comenzó a trazar desde los primeros años del siglo pasado, en la Selección Francesa siempre ha existido un fenómeno que desde sus inicios ha generado multitud de debates y opiniones a favor y en contra, y no es otro que la presencia, en el equipo nacional, de jugadores  de diferentes razas y religiones, futbolistas de culturas muy diversas que se aunaron bajo un mismo escudo y bajo un mismo país con el fin de alcanzar la gloria con la camiseta del gallo en la pechera.

Este hecho siempre ha estado rodeado de polémica y ha generado mucha controversia en el país galo, entre defensores y detractores de este fenómeno de irremediable incidencia en el deporte. Un fenómeno que se remonta muchos años atrás. Sin ir más lejos, en las décadas de 1940 y 1950 los franceses contaban con dos delanteros implacables, Raymond Kopa y Just Fontaine. Ambos tenían raíces foráneas y destacaron a nivel mundial en la selección gala.  Kopa, conocido como el Napoleón del Fútbol, era hijo de emigrantes polacos y consiguió la doble nacionalidad francopolaca cuando tenía 18 años. Posteriormente jugaría dos mundiales con les bleus y conseguiría 18 goles en 45 partidos. Por su parte, Just Fontaine, quien en la actualidad sigue ostentando el récord de ser el jugador que más goles ha anotado en un Mundial (13, en Suecia 1958) nació en Marruecos, aunque a una edad muy temprana se trasladó a Francia, donde acabaría convirtiéndose en uno de los mejores jugadores del país.

Los años fueron pasando pero los éxitos no llegaban. Fue entonces cuando un menudo centrocampista llamado Michel Platini, de padres italianos, enseñaría a toda Francia el camino del éxito. Michel debutó con el equipo nacional en 1976 y desde entonces se convirtió en el faro de todo un país deseoso de victoria. Un triunfo que acabaría llegando en la Eurocopa de 1984, celebrada en la propia Francia, y en la que Platini conseguiría nueve goles . Sin embargo, el gran sueño galo de conquistar la copa del mundo seguía sin convertirse en realidad.

Tras quedarse en varias ocasiones a las puertas de una final mundialista, los franceses buscaban motivos que explicasen la ausencia de títulos mundiales en sus vitrinas. Una vez más, muchas voces apuntaron a la diversidad originaria de muchos de los integrantes del plantel, como una de las principales causas de la ausencia de triunfos del equipo nacional.

Así se llegó a 1998, año en el que Francia acogería la Copa del Mundo. Como a lo largo de su historia, el plantel francés contaba en sus filas con un jugador referencial, de esos que, por la clase y el arte que destilan, parecen haber salido de un museo;  Zinedine Zidane. Su nombre y su leyenda todavía son sinónimos de la expresión más virtuosista y pura del deporte del balompié.

Zinedine Zidane con la copa Jules Rimet en el Estadio de Saint Denis.

Al igual que los Raymond Kopa, Just Fontaine o Michel Platini, Zinedine Zidane también era un producto de la diversidad cultural y racial del país galo. Sus padres emigraron desde Argelia hasta Francia antes de que el pequeño Zizou naciese en Marsella en 1972. Pero además de Zidane, aquel equipo galo que llegaba al Mundial del 98 se convirtió en la máxima expresión del multiculturalismo. Un vestuario repleto de estrellas que dejaban a un lado diferencias religiosas y culturales para ponerse al servicio de un país que demandaba un triunfo que cerrase, de una vez por todas, una obsesión nacional. En aquel equipo había jugadores franceses nacidos en Francia pero de descendencia extranjera, como era el caso de Youri Djorkaeff, de padres armenios, o David Trezeguet cuyos progenitores eran argentinos. También había jugadores franceses que no habían nacido en Francia, es el caso de Lilliam Thuram,  Patrick Vieira, Christian Karembeu o Marcel Desailly nacidos en Guadalupe, Senegal, Nueva Caledonia o Ghana respectivamente.

El final de aquel sueño de verano fue digno de un guión de película. La selección francesa más multicultural de la historia conseguía el mayor hito del fútbol galo venciendo en el estadio nacional de Saint Denis, en la final, a Brasil por 3-0, consiguiendo alzar, delante de todos sus compatriotas, la copa del mundo de naciones. Las celebraciones se sucedieron en todo el país y las grandes ciudades celebraron al unísono el gran triunfo de su equipo, de su selección y de sus jugadores.

Una vez más, el balompié había logrado aunar a todo un país bajo un mismo sentimiento y bajo una misma emoción colectiva. Esa noche quedó demostrado que el poder del fútbol puede superar cualquier tipo de barreras sociales, culturales o religiosas, todo con el fin y la necesidad casi vital de sentirse partícipes y de embargarse de la emoción del deporte más conmovedor del mundo.

Doce años después de todo aquello la selección francesa ha cambiado los nombres, pero mantiene el espíritu que les hizo campeones en 1998. Los Nasri, Benzema, Ribery y compañía tendrán el reto de mantener el espíritu heredado de generaciones anteriores, y lo harán conociendo el camino que históricamente les enseñó la Francia multicultural de Raymond Kopa, de Just Fontaine, de Michel Platini y del genio que un día les hizo los niños más felices del mundo, Zinedine Zidane.

Fabián Bouzas.

Twitter: @fabian.bouzas

La actual Supercopa de España guarda en sus orígenes pequeñas y entrañables historias entre el país español y el argentino que confluyeron en el deporte más practicado en ambas naciones, el fútbol. Esta es la historia de cómo una competición española recibió el nombre de la esposa del presidente argentino Juan Domingo Perón.

Eva Perón haciendo el saque de honor en un encuentro.

Aunque es cierto que la Supercopa de España con dicha denominación y tal y como la conocemos ahora, nació hace apenas treinta años, en 1982, los orígenes de la competición se remontan a varias décadas anteriores, en los lejanos y convulsos años 30.

En una época marcada por las tensiones sociales y políticas que inundaban el día a día de la sociedad española, el fútbol tejía entonces hilos de esperanzas e ilusiones para el pueblo. En 1936 el entonces presidente de la Federación Española de Fútbol, Leopoldo García Durán fue el precursor de la actual Supercopa de España, promoviendo la celebración de un trofeo que enfrentase al campeón de liga contra el campeón de copa.

Sin embargo, la inminente Guerra Civil que asolaría a España durante tres largos años obligó a retrasar el proyecto, el cual acabaría cristalizando en 1940, tras el fin del conflicto bélico. El Atlético Aviación como campeón de liga y el RCD Español como campeón de la entonces denominada, Copa del Generalísimo, disputaron la conocida como Copa de Campeones, consiguiendo el equipo madrileño el título tras ganar (7-1) en el encuentro de vuelta.

Pero dicho trofeo no consolidó una continuidad anual y durante cinco años volvió a no disputarse. En 1945 y debido a las influencias y la organización de la Federación Catalana de Fútbol, el campeón de liga y de copa volvieron a enfrentarse en un trofeo bautizado como Copa de Oro Argentina. La razón de dicho nombre procede de la influyente colonia argentina que estaba afincada en Barcelona y que fue la encargada de sufragar los gastos del torneo, el cual tenía un carácter benéfico, ya que toda la recaudación del mismo fue destinado a diversos hospitales de la ciudad condal y de Bilbao. Barça y Athletic Club de Bilbao se enfrentaron en el estadio de Les Corts, donde el club catalán se impuso 5-4. La Copa de Oro Argentina no perduraría en el tiempo y la de 1945 sería la única edición que se disputaría del torneo. Lo que sí perduró durante años fue la influencia del país argentino sobre el fútbol español y muy concretamente sobre la que hoy conocemos como Supercopa de España.

En una España marcada por los duros años de posguerra y las acuciantes necesidades de un país y una población desolada por el conflicto, la ayuda del país argentino, bajo la presidencia de Juan Domingo Perón, fue vital para ayudar en la reconstrucción física y mental de una nación herida. La masiva llegada de alimentos de primera necesidad salvaron a muchos miles de españoles que se encontraban en una situación de extrema pobreza y penuria.  Como pequeña muestra de agradecimiento y bajo la propuesta del Doctor Pedro J. embajador argentino en España, Francisco Franco decidió entonces, en 1947, bautizar el torneo que enfrentaba al campeón de liga y al campeón de copa, con el nombre de Copa Eva Duarte Perón,  nombre de la esposa del presidente argentino.

Comprometida con la sociedad y  acérrima defensora del enaltecimiento del papel de la mujer en la misma, Eva Perón se convirtió en todo un símbolo de lucha a favor de los derechos de la mujer y de las clases más desfavorecidas. Dotada de una gran capacidad de oratoria, fue una agitadora de masas e instauró en la mentalidad de la sociedad argentina, la necesidad de luchar a favor del sufragio femenino y de mejorar las condiciones de vida de las clases más desfavorecidas. Para ello creó una fundación que llevaría su nombre y desde la que se encargó de poner en práctica dichas ayudas y políticas sociales.

Desde 1947 y hasta 1953, la Copa Eva Duarte Perón, a diferencia de sus homólogas anteriores, consiguió consolidarse y durante estos siete años los campeones de los dos principales títulos nacionales se enfrentaron entre sí para levantarla. En los cinco años hubo cinco campeones distintos: Real Madrid CF en 1947, FC Barcelona en 1948, Valencia CF en 1949, Athletic Club de Bilbao en 1950 y Atlético de Madrid en 1951. Los dos años siguientes el título fue directamente para las vitrinas del FC Barcelona por ser el campeón de ambos títulos (liga y copa).

Eva Perón fallecería en 1952, con apenas 33 años de edad, y con ella lo haría la copa que llevaba su nombre. Desde entonces y durante tres décadas dicha copa no tuvo continuación, hasta que en 1982 nacería la competición que hoy conocemos, la actual Supercopa de España. Sin embargo, la figura de Eva Perón permanecerá por siempre vinculada al fútbol español y a la competición que cada verano abre el telón de una nueva temporada de la liga española. En este 2012 se cumplen sesenta años de su fallecimiento, por ello y como muestra de su inmenso y profundo legado, el fútbol argentino ha querido homenajearla y la presidenta de la nación, Cristina Fernández de Kirchner ya ha anunciado que el actual campeonato nacional recibirá el nombre de “Campeonato Eva Perón, Copa Evita Capitana”.

Fabián Bouzas.

Twitter: @fabián.bouzas

Irlanda vivió el pasado mes de junio pendiente de las evoluciones de su equipo nacional durante la disputa de la Eurocopa 2012. Sin embargo, desde hace siglos, los irlandeses conviven en su día a día con el otro fútbol, no tan mediático pero sí tanto o más pasional y que sienten como un orgullo nacional; el fútbol gaélico.

El pasado 14 de junio, el majestuoso estadio de color ámbar, el Arena Gdansk, se iluminó para acoger el segundo partido de la Selección Española en la Eurocopa de 2012. Enfrente, los internacionales dirigidos por Vicente Del Bosque  tenían al equipo nacional de Irlanda, al que vencieron con contundencia por cuatro goles a cero. Más allá del resultado, el rival de entonces  un país lleno de singularidades en el ámbito deportivo y que convive, en su día a día, con la realidad del otro fútbol, uno más romántico, más austero, menos mediático e igual de pasional; el fútbol gaélico.

Convertido en enseña nacional y popularizado en todos los rincones del país irlandés, el fútbol gaélico tuvo sus orígenes en el caid, también conocido como balón pesado. El caid era el antiguo fútbol irlandés que se comenzó a jugar a mediados del siglo XVI y durante decenios fue el deporte rey en la nación irlandesa. Ése fue el germen del que surgiría, siglos más tarde, el fútbol gaélico. Mezcla entre el fútbol y el rugby, el fútbol gaélico tiene particularidades que le diferencian de ambos deportes: los encuentros duran sesenta minutos, los equipos están compuestos de quince jugadores, al balón se puede jugar con el pie o con las manos y los placajes están permitidos. Las dos porterías, muy similares a las de fútbol, están defendidas por dos guardametas y anotar un gol en ellas equivale a conseguir tres puntos pero, además, por encima de la portería hay dos palos, al estilo del rugby y si el balón pasa entre ellos se consigue un punto más. En el resultado final cuentan tanto los goles anotados como los puntos conseguidos.

El fútbol gaélico comenzó a ser verdaderamente popular a finales del siglo XIX, a raíz de la creación de la Asociación Atlética Gaélica (GAA), que estableció unas reglas muy definidas y concretas que permitió abordar la expansión del deporte a nivel nacional. Desde entonces y hasta ahora dicha institución ha sido la encargada de fomentar y organizar las competiciones más importantes de los deportes nacionales de Irlanda; el fútbol gaélico y el hurling (similar al hockey), organizando campeonatos entre clubes y condados del país. A día de hoy la Asociación Atlética Gaélica es la institución  deportiva más importante de Irlanda y cuenta con más de 800.000 socios.

Fruto de su expansión, en el siglo XX comenzaron a intensificarse las rivalidades y la lucha por las competiciones más importantes; los campeonatos provinciales, la National Football League o el torneo más prestigioso y antiguo  de todos el All Ireland Football Championship. Todas las finales de estos torneos así como los partidos más importantes que enfrentaban a los mejores equipos se jugaban siempre en el mismo estadio, en una sede fija establecida por la Asociación Atlética Gaélica y que es ya un templo para todos los amantes del fútbol gaélico, el mítico estadio de Croke Park, en Dublín, que desde 1913 acoge las más grandes citas de este deporte.

El mítico estadio de Croke Park, todo un símbolo nacional.

Totalmente empequeñecido por las dimensiones del contexto sociopolítico que vivía el país en 1920, el estadio de Croke Park fue el triste escenario de uno de los sucesos más traumáticos de la historia de Irlanda. El 21 de noviembre de 1920, con el país enfrascado en la lucha por la independencia, se disputaba un encuentro de fútbol gaélico. Cuando el partido estaba a punto de comenzar y con las gradas llenas de aficionados,  fuerzas del ejército británico, como respuesta al asesinato de 14 agentes británicos esa mañana, a manos del IRA, irrumpieron en el estadio y abrieron fuego contra el público y los jugadores. El balance final fue de 14 personas fallecidas y decenas de heridos. Desde ese día, conocido como el Domingo Sangriento, la Asociación Atlética Gaélica impuso la famosa regla número 21, que establecía la prohibición de practicar los dos deportes que están bajo su organización (el fútbol gaélico y el hurling) a cualquier miembro de las fuerzas de seguridad británicas.

Dicha norma se cumplió escrupulosamente durante el resto del siglo XX, incluyendo la dura etapa que duró el conflicto de Irlanda del Norte entre 1960 y 1998. En el año 2001, ochenta y un años después de su creación y tras la firma del proceso de paz con Irlanda del Norte, la Asociación Atlética Gaélica abolió la norma y permitió la participación de agentes británicos en las competiciones de fútbol gaélico.

Hace escasamente diez meses, el pasado mes de noviembre de 2011 se enfrentaban en el All Ireland Football Championship el equipo de la policía norirlandesa (el PSNI) frente a sus homólogos de la policía irlandesa (la Garda). Si bien es cierto que desde la abolición de la regla que impedía la participación de agentes británicos ambos conjuntos se había enfrentado anualmente desde 2002, esta vez el encuentro cobraba un tinte emocional mucho más intenso, por el contexto y el lugar donde ambos equipos se enfrentaban. Lo harían, por primera vez, en el estadio de Croke Park, escenario donde 92 años antes en un triste domingo de noviembre se encogió el corazón de millones de irlandeses.

El partido finalizó con la victoria de la policia irlandesa (Garda) frente al PSNI, pero más allá del resultado y de la belleza del partido, los 82.000 espectadores que llenaron las gradas del Croke Park recuerdan con orgullo el abrazo que todos los jugadores de ambos equipos se dieron al finalizar el encuentro. Una estampa única e inolvidable que hizo derramar lágrimas a unos aficionados que respondieron con una estruendosa ovación que recordarán siempre en su mente y en sus corazones. Una ovación que cerraba heridas, conflictos y recuerdos y que miraba a un futuro de ilusión, fraternidad y sueños.

Fabián Bouzas

Twitter:@fabian.bouzas

Con una corta pero intensa historia, Croacia es una nación marcado por héroes y villanos que encontraron en el deporte su forma de expresión. El equipo nacional de fútbol regaló al país, en 1998, la historia deportiva más bella de su historia y los veintitrés héroes que la escribieron han obtenido el bien más preciado; el eterno recuerdo de sus compatriotas.

Davor Suker y Zvonimir Boban dos leyendas del fútbol balcánico

Es indiscutible que el poder del fútbol trasciende mucho más de lo que ocurra en el campo de juego llegando a convertirse en el origen y en el generador de historias que han marcado el desarrollo de personas y naciones para el resto de su existencia. Croacia es uno de los mejores ejemplos para afirmar que el poder del fútbol es, muchas veces, imparable e ilimitado.

La historia del fútbol y la nación croata está irremediablemente marcada por el terrible conflicto bélico ocurrido en Los Balcanes entre 1991 y 2001, pero antes de que estallase la guerra se produjo un hecho que marcó el devenir de la historia de Yugoslavia. Era el mes de mayo de 1990 y, a falta de cinco jornadas para la finalización de la liga yugoslava, se enfrentaban en el estadio Maksimir de Zagreb, el equipo local, el Dínamo de Zagreb y el equipo serbio del Estrella Roja. Unos días antes, la región croata había celebrado unas elecciones marcadas por el triunfo del líder independentista croata Franjo Tudman. Así pues, el encuentro llegaba enmarcado en un clima de tremenda tensión entre croatas y serbios. Estos últimos, se desplazaron en masa hasta Zagreb para acudir al encuentro y apoyar al Estrella Roja. Se calcula que en torno a 4.000 hinchas radicales serbios acudieron al encuentro.

Zvonimir Boban agrediendo a la policia yugoslava en el Estadio Maksimir de Zagreb.

Como era de esperar, el ambiente en las gradas del estadio Maksimir fue muy tenso desde el primer momento. Con el partido todavía en la primera parte, los hinchas radicales de ambos equipos se enzarzaron en una batalla campal que obligó a la policía a intervenir. Sin embargo, cabe recordar que el bando policial estaba bajo el mando de los líderes yugoslavos, por lo que la deliberada contundencia con la que se emplearon contra los hinchas croatas provocó la indignación de muchos de los presentes en las gradas y en el campo. Entre ellos estaba un crack del balompié que, con apenas 21 años, comenzaba a trazar una maravillosa carrera que le llevaría a ser una estrella en el AC Milan, Zvonimir Boban. Enfundado aquella tarde con la camiseta del Dínamo de Zagreb y tras ver como uno de los policías se ensañaba con un hincha de su equipo, Boban no dudó en ir a defender al aficionado y acabó por agredir al policía con una patada. Tras el encuentro, las declaraciones de Boban todavía son recordadas hoy, veintidós años después de aquello: “Ahí estaba yo, una cara pública preparada para arriesgar mi vida, mi carrera, todo lo que la fama puede comprar, todo por un ideal, por una causa: la causa croata”. Años más tarde los mismos aficionados que se enfrentaron esa tarde en las gradas volverían a verse las caras, pero esta vez lo harían sobre un campo de batalla y con armas de fuego entre sus manos.

Apenas cuatro meses después de lo ocurrido en Zagreb, el deporte volvió a verse afectado por el ambiente de tensión prebélico que se vivía en Yugoslavia. En Argentina, en septiembre de 1990, se disputaba el Mundial de Baloncesto y la selección de Yugoslavia, que estaba formada por auténticas leyendas del baloncesto europeo como Dino Radja, Vlade Divac o Drazen Petrovic acabó por ganar el campeonato del mundo. En medio de la celebración del título mundial en la propia cancha de baloncesto, un aficionado irrumpió en el parqué portando una bandera de Croacia. Vlade Divac, serbio, al ver al aficionado con la bandera, fue hacia él,  la cogió y tras advertirle de que la insignia croata no tenía cabida en esa cancha la arrojó al suelo. Ese suceso acabaría por convertir a Divac en el blanco de las iras croatas, llegando a quebrar la amistad que había mantenido desde la infancia con su compañero de equipo y leyenda croata Drazen Petrovic. El base, después de triunfar en Europa y en la NBA, fallecería trágicamente en un accidente de coche en Alemania con apenas 29 años, antes de que la guerra terminase y sin poder arreglar sus diferencias con Vlade Divac.

Muchos señalan que lo que ocurrió esos días en el estadio Maksimir de Zagreb y en esa cancha de baloncesto en Argentina fue el preludio del conflicto bélico que asoló a los Balcanes durante diez interminables años. Un conflicto étnico entre bosnios, serbios, croatas y albaneses que obedecía a causas culturales, políticas y económicas y que acabó con la desmembración de Yugoslavia y la muerte de unas 170.000 personas. Tras la II Guerra Mundial, el de los Balcanes fue el conflicto más cruel y sangriento vivido en suelo europeo.

Tras conseguir su independencia y el cese de la violencia en el país en 1995, Croacia quiso recobrar la paz en su día a día y volver a vivir en la normalidad y apacible cotidianeidad diaria, tratando de desembarazarse poco a poco de los sentimientos de miedo y pánico que durante largos e interminables años se convirtieron en una pesada losa humana y moral  para sus habitantes. Para ello, una vez más, el fútbol fue una vía de escape, un pequeño oasis en el que aislarse durante horas de las penurias y sentirse partícipe de la grandeza de un deporte capaz de aunar sentimientos y voluntades. Así, en la Eurocopa de Inglaterra de 1996, la selección de Croacia se presentó a su primer torneo continental de selecciones, realizando un meritorio papel llegando hasta cuartos de final, donde fue derrotada por 2-1 frente a Alemania.

Pero fue dos años después cuando el fútbol hizo soñar de verdad a toda una nación. Croacia disputaba en el Mundial de Francia de 1998  la que era su primera participación en una copa del mundo, y su actuación era toda una incógnita para expertos y analistas. Lo que ocurrió en el país galo aquel verano es una de las historias más bonitas del fútbol. Con una generación de futbolistas casi inigualable y liderados por una de las estrellas del fútbol mundial, Davor Suker, pichichi del mundial con seis tantos, Croacia sorprendió a todos con un juego técnico, de combinación, veloz y explosivo. La jerarquía de Ígor Tudor en la defensa, el incombustible Robert Jarni en la banda izquierda, Robert Prosinecki dando sus últimas lecciones de fútbol desde la mediapunta y con Davor Suker y un pequeño diablo llamado Goran Vlaovic en la delantera, la selección croata alcanzó las semifinales del mundial. En Saint Denis y ante la anfitriona Francia, un doblete de Lilliam Thuram acabó por romper la bella historia croata.

Lejos de desmoronarse, lamentarse y llorar la oportunidad perdida, tras el pitido final del encuentro ante los franceses los jugadores croatas se mantuvieron en pie, con la cabeza bien alta y saboreando la hazaña de haber hecho historia para ellos y para su país. Y sobre todo con la cabeza alta por haber dado tardes de gloria, disfrute y alegría a su gente, tan necesitada de historias conmovedoras capaces de alegrar su alma y su existencia. Davor Suker y compañía lo consiguieron gracias a su pasión por el balón y por eso, los héroes de Francia 1998 no serán jamás olvidados en la memoria colectiva croata. Por cierto, uno de esos veintitrés héroes que dibujaron miles de sonrisas entre los suyos fue Zvonimir Boban.

Fabián Bouzas.
Twitter: @fabian.bouzas